15/6/12

Motoconchos, latas de sardinas y Cristobal Colón

Hay días que nos pintan sonrisas en la cara. Hoy ha sido uno de ellos. Una jornada preñadita de esas aventurillas y anécdotas que con solo evocarlas nos arrancan unas buenas carcajadas. Todo empezó a las siete de la mañana rumbo a La Isabela, buscando pisar la misma tierra que El Almirante consentido de la Reina Isabel II.

Mural Indio Taino en el Museo de La Isabela
El plan para llegar era tomar dos mini guaguas públicas que bordean la costa. Todo cambió cuando  un avezado taxista público nos dijo que la ruta más directa para nuestro destino era ir a Villa Isabela y desde allí al sitio arqueológico de Cristobalín. Y dicho y hecho, Daniel -un alemán trotamundos de ascendencia colombiana- y yo nos montamos en aquel taxi chiquito y estrechito. Nosotros dos, el conductor y otros cuatro más. En total siete almas, cada una con sus cosas en la cabeza, en un trayecto en ascenso de más de una hora. El taxista dale que te pego con la bachata, subiendo el volumen para que las vacas y los burros del camino también se animaran. La doña del asiento delantero contestando el teléfono que sonaba sin cesar, y el tipo que iba a su lado diciéndola que normal, que a una mujer como esa había que tenerla controlada y llamarla cada 5 minutos. Y la doña soltando sonrisitas pícaras... Eso en la parte delantera.

En la de atrás el fuego se cocía con menos picante. Una señora muy simpática y muy gordita que tenía montada yo en un muslo no paraba de gemir y musitar al taxista que le pegara más bajito a la radio, que estaba esperando una llamada muy importante porque seguramente nunca más vería vivo a su hermano que estaba en el hospital. Alguna cosa grave de los riñones, los pulmones o el corazón. No supo concretar. Daniel también dale que te pega a hacer fotos desde la ventanilla que me enviaba una brisita muy maja que me estaba haciendo un alisado de keratina la mar de práctico... Y la muchacha que falta, el séptimo pasajero, un suspiro con solo huesos, con la otra mitad de la señora gordita en sus muslos y posando su cabeza sobre mis hombros. Es difícil de explicar pero podría afirmar que las sardinas, o las sardinillas en lata, ya sean en escabeche, al natural, en tomate o en aceite de oliva, eran unas privilegiadas a nuestro lado.

Llegamos a Villa Isabela, y allí entran en juego los motoconchos, un moto-taxi que, además de varias personas al mismo tiempo, es capaz de transportar una nevera, un colchón o cualquier otro artilugio que seáis capaz de imaginar. Cuando nuestra lata de personas paró en la plaza pública de Villa Isabela los pilotos motoconcheros empezaron a rodear al carrito acechando a dos presas muy blanquitas, regordetas y sonrientes que, pensaban, no tenían ni la menor idea de cual es el precio de las cosas. No se confundían.
   -   Señores, un poquito de por favor que abro la puerta y soy española. Cuidadín con lo que dicen que les entiendo todito todo...
   - Ay doña, que donde ustedes van... que les llevamos por precio justo...
   - ¿Seguro? Ok, pero por ahora vamos a estirar las piernas un poquito y a ver si consigo ponerme recta, ¿si?. ¿Alguien tiene una grúa para estirarme?.  Muchas gracias a todos, nos vamos a dar un paseito y volvemos, ¿si?

"Cuando no vendo, me como una yuquita hueca"
Machetero despieza puercos en Villa Isabela
Nunca regresamos a esa plazita repleta de rapaces motoconchos hambrientos de turistas. En su lugar caminamos por una calle típica con tiendecitas, charlamos un poquito con los lugareños, preguntamos precios y nos decidimos por dos motoconchos que parecían ignorarnos. ¿Será verdad que a las mujeres cuando menos caso nos hacen más nos gustan? ¡Qué morbo! Dos motoconchos que nos eran indiferentes.
    -   Ay doña, es que eso de las arqueologias es muy difícil llegar. Van a ser 200 pesos por persona. Si es que hay que meter el motor para atravesar el rio y está lejos.....Y luego hay que regresar.......

La fiesta estaba servida. Un alemán colombiano con ganas de trotar mundos, una española terca y aficionada al regateo, dos motoconchos y kilómetros por caminos de pista. Aquí os dejo la ruta tras los pasos de Cristobal Colón, un periplo inesperado que nos llevó a utilizar 11 transportes para cubrir una distancia de 224 kilómetros.

1. De Villa Isabela a La Isabela (sitio arqueológico del primer asentamiento hispano en América)

Nos bajamos del motoconcho para atravesar a pie el primer río. No muy profundo pero lo suficiente para una moto. El agua estaba fresquita y los pies y las pantorrilas lo agradecieron.

Colón llamó a este río Bajabonico
Seguimos camino y llega otro río. ¿Otro río? Pues este si que era el de verdad. Hay un proyecto de puente abandonado hace mucho tiempo. "A los políticos no les interesa mucho esta parte del país", nos dicen... Pues lo mismo tienen razón. Para atravesar a la otra orilla personas y motores deben montarse en una balsa improvisada (un par de tablones, un pequeño armazón de metal y unos bidones de plástico) que un haitiano empuja con la fuerza que le va quedando. Tenemos que esperar nuestro turno a que este señor haga su trabajo por 50 pesos, o un euro, cada sentido.

Esperando turno para cruzar el río...
Tras otro trayecto en moto y un par de paradas para ver donde estaba "eso de los restos y las piedras" llegamos a La Isabela, el lugar donde el Cristobal más famoso del mundo decidió asentarse por unos años y donde los aguerridos soldaditos españoles fueron cayendo uno a uno porque, entre otras cosas, se quedaron sin suministros y no se atrevian a comer las frutas que los indios taínos (extinguidos por obra española) les ofrecían. Me los imagino diciendo; "ay no, indio, que yo ese mango dulce y sabroso no me lo como. Que yo quiero jamón de bellota".

A falta de puente, esta es la forma de pasar el río
Isabel en La Isabela
1ª Casa de Cristobal Colón en América
Después de ver la casita de Cristobal Colón, los restos del poblado, la primera Iglesia en el Nuevo Mundo, un par de cementerios, el esqueleto de un español de aquella época que jamás imaginó que se convertiría en pieza de museo, artefactos de la época, rocas hechas con resina de árbol y arena de mar, y algunas cosas más, regresamos por el mismo camino a Villa Isabela, desde donde partiríamos hacia la playa La Ensenada para refrescarnos un poquito. Por cierto, Colón decidió llamar al río Bajabonico por su belleza al desembocar en el mar. El río, además de una habitación con vistas, le proporcionaba acceso a agua dulce.
2. De Villa Isabela a playa La Ensenada
De regreso a Villa Isabela negociamos con la avalancha de ofertas posibles para llegar a este rinconcito playero que es el oasis de los dominicanos; muy apreciado por sus aguas turquesas y calmas de poca profundidad. Ideales para clavar las rodillas a modo de ancla mientras se disfruta de una piña colada sentadita en el agua. Efectivamente, La Ensenada es una larga y bonita playa, bastante estrecha y delineada con árboles perfectos para dar sombra a personas y avispas, abarrotada de tumbonas y kioskos (chiringuitos) por todos los sitios.

Playa La Ensenada en Puerto Plata.
La Ensenada, para el que decida ir, tiene su propia banda sonora. Bueno, una o varias... Desde un kiosco escupían a todo volumen una bachatita zalamera que competía con el "que cara más bonita tiene esa niña..." que retumbaba proveniente de otro kiosko. Y eso que esta playita estaba en su día bajo. No quiero ni imaginarme lo que será un sábado y un domingo cuando al "Amor bonito, ven mami, vive tu aventura" se le sumen los equipos de música de los dominicanos que se instalan el día completo en esta playa. Y es que, aunque parezca increíble, hay países en los que son capaces de emitir más decibelios que una típica familia malagueña en La Malagueta a la hora de abrir la olla exprés y llamar a toda la familia a comer bajo la sombrilla. "Pepeeeeeeeeeeeeeee, que el puchero ya eztá listo, que digas a los niño que vengan. Pepeeeeeeeeee, ¿pero tu me eztá escuchando quillo?"

En resumen, La Ensenada es una playa bonita que podría ser paradisiaca si no fuera lo que es; un bullicio incontenido y un arenal algo descuidado por la desidia; ya sabemos lo que pasa cuando los contenedores de basura se llenan y no los vacían... Un buen destino para entre semana y cuanto más alejado de la zona de chiringuitos mejor. No apto para quien busque solitud, descanso y tranquilidad, Perfecta para entrar en contacto con la vida dominicana y experimentar una gran fiesta al aire libre junto a un mar precioso.

¡Ah, se me olvidaba!. Mientras descansaba en la arena a la orilla del mar, vinieron a hacerme compañía un par de amigos que querían que les enseñara a dibujar corazones en la arena. Me regalarn un vasito de plástico lleno de conchitas de mar y unas sonrisas y ocurrencias que convirtieron a La Ensenada en un lugar mágico.
   -  Mi papá dice que la gente hace mucho relajo el fin de semana
Señora, ¿me dibuja un corazón en la arena?
   -  ¿Y quien es tu papá?
   -  El señor que´sta limpiando pal agua. Las hamacas tienen que estar muy limpiecitas para el fin de semana
   -  ¿Y tú le ayudas? ¿Qué quieres ser de mayor?
   - Hoy es mi día de vacancias. ¿De mayor?. No sé señora... como mi papá, y seguir jugando pal mar... yo tengo 9 años y me llamo Felix. Pero no bebo ron que no es pá niños. ¿Me dibuja un corazón en la arena?.


3. La Ensenada, Villa Isabela, Mamey, Guananico, Imbert y Puerto Plata

A las tres de la tarde me despido de Félix y me dice que si regreso que vaya a las hamacas de su papá, que "son más baratas que las de al lao y más liempecitas". Los taxis brillan por su ausencia, los motoconchos también. Al final un marino, "que yo no soy motoconcho sino marino que requiere ayudarles porque hay que cuidar al turista", busca a un motoconcho profesional para regresarnos a Villa Isabela a tiempo para tomar la ruta lata de personas (taxi público) que nos llevaría de regreso a Puerto Plata.

Los potrillos, los terneros (que me despiertan el hambre), las palmeras, los ríos... todo muy verde, y muy bonito a ritmo de moto. Un bucólico paseo hasta que, tras varios avisos ("este motor está jalando"), la moto traicionera empieza a perder velocidad y se para (exactamente lo mismo que sucedión con el coche alquilado a la salida de Santiago de Cuba el año pasado). Ya ni me asombro de algunas cosas. Y fue ahí donde empezó el duelo de si no hay gasolina, que si que la tiene, mira como suena el tanque, y dale a agitar el tanque y la gasolina saltando en gotitas... que vamos a intentarlo otra vez, y dale a la manivela para ver si aquello arrancaba... Lo conseguimos pero, para darle más emoción a la situación,  tuvimos que repetir la operación al menos en diez ocasiones, las mismas en las que la moto se paraba y decía "hasta aquí hemos llegado": Y el reloj haciendo tic-tac. Tic-tac.

"Señora, tiene usted razón, esto tá tó tapao"
Y yo, ya un poquito de los nervios por el implacable paso del tiempo, "mire que esto parece como si la gasolina no pasara correctamente al motor...", y me quedo sorprendida de mi ocurrencia. "Es que suena como cuando el carburador de un carro está sucio...". "Ay miija, ¿y si fuera eso? Mire que el motor en nuevito, solo tiene dos meses". Y allí mismo se pusieron a desmontar la piecita. "Pues si señora, pero usted sabe de motor? Es que está tapado todo esto". Y el reloj tic-tac, tic-tac...

   - Es que yo creo que no llegamos a la ruta de Villa Isabela.
   - Ay no señora, a esa no llegan, pero a la de Mamey sí. En Villa Isabela agarran una guaguita para allí y marchan para Puerto Plata. Disculpe por lo que pasó pero usted toma mi número y cuando regrese yo la invito a comer ostiones y a un paseito en barco a ver los manatíes gigantes, los más grandes del mundo.
   - Ostiones, ostiones..... eso es lo que te voy a dar yo a tí, se me pasa por la cabeza mientras sonrío y anoto su número. Gracias, Andrés El Marino, regresaré si puedo.

Conseguimos montarnos en la guaguita a tiempo.
   -  ¿Y esta llega a Mamey? ¿Llegamos a tiempo para la ruta?.
   -  Sin problema, hay rutas hasta las 5 de la tarde.

Llegamos a Mamey, nos rodean los motoconchos gritando
   -  ¡La ruta de fue, la ruta se fue!
   -  Bueno, esperamos a otra.... (así como para que no vieran que empezaba a cundir el pánico).
   -  ¡Que ya no hay otra!, se desgañitan gritando unas mujeres desde un puesto melonero y de mangos.
   -  ¿Que no hay otra?. Pero si no son las 5... ¿Y ahora como llego yo a Puerto Plata?.
   -  En Guananico si hay ruta hasta las seis. Les llevamos en motoconcho
El alemán y yo sopesando la situación: ¿estarán diciendo la verdad o mintiendo para sacarnos los cuartos, digo, los pesos?. Las de los melones haciéndonos aspavientos y gritando que no había más rutas por hoy. Nosotros intentando regatear  50 pesos, y esta vez no era yo. Yo entro en crisis y empiezo a maldecir a los taxistas, a los motoconchos y a todo tipo de vehículo motorizado. Y el del motoconcho que me relaje.
   -  ¿Que me relaje? ¿Y esta noche donde duermo, en su casa?
   -  Doña que yo soy serio, que yo creo en Dios. Que yo me hago responsable si no lo agarra, pero tenemos que irnos ya
El buen Daniel, que aunque sabe español no es lo suficiente para estas situaciones algo tensas y rápidas, insistiendo en si podíamos pagar 50 pesos menos.
   -  Daniel, ¡móntate en el motoconcho ahora mismo, que por un euro dormimos hoy en la calle!.
   -  Y a tí, dirigiéndome al motoconcho, como yo no agarre esa ruta hoy te mando toda la furia de los cielos y le digo a Dios que te de tremenda paliza. ¿Entendido?.
De Mamey a Guaganico a vista de motoconcho...
Y aquellos motoconchos empezaron a correr como el diablo monte abajo. La belleza del paisaje me devolvió la serenidad y empecé a reír; por fuera con una gran sonrisa y por dentro con una gran carcajada. "¡Ay hermanita!, pensé, esta es una de las nuestras". Y me sentí inmensamente feliz. Fueron 15 kilómetros que recordaré por mucho tiempo. Entonces tuve la certeza y confianza de que a las 7 de la tarde estaría en la casita de Muñoz disfrutando del arroz con gandules.



Al llegar al anhelado Guaguanico allí estaba la última ruta hacia Puerto Plata del día. Le doy un abrazo al motoconcho, le digo que me perdone y que retiro lo de la furia de los dioses y que pediré bendiciones ara él por salvarme el día. Y empezamos a negociar con el conductor:
   -  Yo les llevo hasta Imbert
   -  Imbert.. Y eso, ¿dónde queda?. Bueno, es que ni me importa. ¿Desde allí puedo llegar a Puerto Plata?
   -  Si señora
   -  ¿Y hasta que hora hay ruta?
   -  Todo el día. Hay guaguitas y rutas, para que usted elija lo que prefiera
   -  ¿Seguro que sí?. Mire que llevo una tardecita... Ok, entonces nos avisa cuando vaya a salir. Estamos en el colmado bebiendo un juguito.
Y llegamos a Imbert, y allí tomamos una guaguita que nos dejó en Puerto Plata, y luego la ruta hasta Muñoz, y luego el arroz con gandules, la sobremesa junto al río, las cigarras, el sonido del agua...
   -  Daniel y mañana ¿qué vas a hacer?
   -  Mañana voy a los 27 charcos. ¿Vienes?

Y me fui a dormir con la sensación de que llevo aquí mucho tiempo, de que estos días han estado llenos de vida y de que la vida, la mía, se ha convertido en un maravilloso efecto mariposa. Os mando una gran sonrisa y carcajada. Este hoy me recordó que a pesar de este mundo egocéntrico y vanidoso, es necesario seguir confiando. Aunque no se vislumbre la ruta, un paso tras otro. Confiar, caminar, luchar y vivir.
¡Buen camino!

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