27/6/12

Noche de Hospital en Puerto Plata

En breve, aventura de una gallega que, atacada impunemente por la fauna bichística puerto platense, visita a un médico para pedir antihistamínicos y acaba durmiendo en el hospital con los brazos momificados por emplastos de manzanilla. Y por que será que ya ni me sorprendo....

La fauna bichística de Puerto Plata me adora. Lo mío es un algo así como "dejad que los insectos se acerquen a mí...". Que si más de diez personas deciden hacer un fuego en lo alto de la montaña y todas deben cargar palos y ramas, pues solo yo salgo masacrada por insectos varios. Y sí, así pasó. El jueves noche me uní a una expedición nocturna a lo más alto del campamento SunCampDr para observar las vistas. Al día siguiente comencé con una especie de enrojecimiento y picor en las dos manos.

Jajaja, muy propio encontrarme esto en Facebook
Pequeña naturaleza, me dije a mi misma. Y embutida en crema de hidrocortisona me lancé a la discoteca del Batey el viernes noche en uno de los días más calurosos desde que llegué a República Dominicana. Poco a poco la bachata dulzona fue tomando ritmo hasta que se convirtió en una tanda de merengues. De esos merengues electrizantes y rápidos que te sacan la risa y el sudor a la par. Y allí estaba yo, al estilo de "Danzad, Danzad Malditos", en aquella casita, entregándolo todo. Y el merengue eterno que no cesaba... De repente me doy cuenta de que me he convertido en el centro de atención, la salita se calienta, las puertas se llenan de haitianos a los que no les permiten la entrada porque no tienen para pagarse una consumición. Y entre vuelta y vuelta frenética me doy cuenta de que todo el mundo anda mirándome. Uno agarra un par de garrafas de agua vacías y un par de palos, y empieza a marcar el ritmo de la canción. Y yo dale que te pego al merengue pensando, entre gota de sudor y sudor, "aquí dejo yo por lo menos 3 gramos hoy". Y que me quiten lo bailao.

Siento que la sandalia se afloja. No, no se ha aflojado, se ha roto. "Pues yo no paro". Y el merengue que no termina, y entre vuelta y vuelta y cambio de pareja, porque muchos no daban crédito a que una blanquita rosada y blandita se pudiera mover de esa forma, dejé al personal desconcertado. Reconozco que nunca había sido capaz de causar tanta sensación con una canción. Y con la sonrisa pintada en los labios, el sudor recorriéndome las mejillas, la sandalia rota, las risas de aquella gente resonando en mi cerebro, las picaduras de las manos inflamándose y la sensación de haber disfrutado a lo grande, regresé al apartamento.

Así comenzó todo, como la canción "Veneno en la Piel"
Dejaré para otro día las consideraciones filosóficas sobre los acontecimientos paralelos a esa noche; sobre mi opinión del efecto que causa la presencia de unos turistas accidentales en uno de los lugares más pobres de República Dominicana. Sobre madres jóvenes que se prostituyen por 5 euros para poder dar de comer a sus hijos, sobre europeos que desde el 4X4 lanzan al aire las monedas que le sobraron después de meterse pa´l cuerpo varias botellas de ron, y sobre los haitianos que se avalanzan para poder agarrar alguna de ellas y así, al día siguiente, con un poco de suerte, llevarse un plato de arroz a la boca. Voy a dejar de lado hoy estas consieraciones porque si no se me altera la bilirrubina y eso no es bueno para la alergía que tengo.

ALERGIA
Tengo alergia. Las picaduras de las hormigas rojas o lo que fuera empezaron a inflamarse y decidí empezar a tomar medicamentos. Estuve grogui por dos días en los que me puse al día de todas las peliculas que han subido a Cuevana. Es una suerte que aquí funcione bien Internet y que las rapaces de los derechos de autor no se preocupen mucho de esta parte del mundo.

Nada parecía aliviar la picazón y la hinchazón de manos asi que, superando mi terquedad de solucionar las cosas por mí misma, decidí ser sensata y acudir al médico a que me echaran un vistazo y me recomendaran algún antihistamínico más potente. Y que conste que lo hice pensando en todos aquellos que siempre me decís que soy muy burra, especialmente mi madre y mi hermana. Y como a veces sí hago caso, llamé al seguro y me dirigí a la clínica privada Hospiten.

Yo quería experimentar lo local y lo público, pero pensé de nuevo en mi terquedad, en la cancioncilla de Juan Luis Guerra, y en que aquí solo me tengo yo para cuidarme, y opté por la opción privada (pequeña naturaleza la mía...). Hago un par de llamadas y, en cuanto pongo pie en la clínica, que resultó ser de capital español, todo son atenciones, cuidados y algodones. Me meten en un salita, alejada del calor de los pasillos comunes donde cientos de dominicanos esperan su turno.

Grupo Hospitén, Puerto Plata
Pienso, aquí me voy a pasar el día para que me vean las manos. Y me confundí. Reconozco que no dí una y que mis pronósticos pesimistas no se cumplieron. A los diez minutos llega una doctora cubana y, debo admitir, suspiré y me relajé. Me toman la tensión, me auscultan, preguntas de rigor sobre enfermedades y alergias a medicamentos... Les explico que me ha pasado, que es lo que me estoy tomando y me miran las manos.

Aquello, mis manos, a esas alturas se parecían más a la piel de un cocodrilo que a otra cosa. La doctora las examina con atención y me dice. Bueno, tu te estabas medicando muy bien. Esos medicamentos que te pusiste son muy buenos pero en tres días ya tendrían que haber hecho efecto. No son suficientes. Necesitamos inyectarte.

   -   Si, si, me lo imaginaba. Ya me ha pasado antes. por eso vengo, a que me pongan Urbason.
   -  ¡Ay no, mamita!. No podemos inyectarte y que te vayas. ¿Y si tienes alguna reacción?. Lo mejor es que te quedes aquí una noche y mañana estás estupenda. ¿Tienes seguro?
   -  Si, si tengo seguro. Uhmmmm, me digo a mi misma. Blanquita con seguro. Soy una presa del sistema. Tengo varias opciones, o me quedo y me sacan los ojos (a mi seguro), o me voy al hospital público o a un dermatólogo y pido una segunda opinión. Y la cancioncilla de Juan Luis Guerra retumbando en mi cabeza. Y la vocecilla de mi madre repitiéndome desde la conciencia, "no escatimes si necesitas algo. Cuídate". Y otras vocecillas que me repiten, también desde la conciencia, "no seas burra y deja que la gente te ayude..."

   - ¿Cuánto cuesta quedarse en este hospital una noche?
   - Ay mi hija, eso yo no lo sé, soy doctora. Pero usted puede irse si quiere. En mi opinión, para que esto no se infecte y no se extienda a las piernas y cause una celulitis, debería quedarse y estar controlada.
Habitación "todo incluído" anti alergias
   -  Y yo empiezo a pensar en voz alta. Y la doctora y la enfermera echándose esa miradas y observándome con curiosidad. "Es que mi vecina me ha encargado que le cuide los gatos por dos días... ¿Y ahora que hago yo con los dos gatos?. ¿Y si les da un colapso a esos gatos canadienses?. Uy, si es que no me traje ni el cargador del teléfono. Si lo sé me hubiera traido la computadora. ¡Su santa madre! Quedarme ingresada una noche por una alergia. ¡Seré pequeña naturaleza...! Una hormiguitas van a dar con mis huesos a un hospital. Pero, y si me voy y la alergía empeora. Ay, no, yo le he dicho a mi madre que me voy a cuidar y ser sensata. ¡Al carajo, me quedo, que para eso pago seguro!. Pero es muy pronto (era la una de la tarde). ¿Puedo ir a dar una vueltecita y venir luego? Es que como no sabía que me iba a quedar no he traido nada.
  -  Hay pues no puede porque usted ya se queda ingresada porque eso hay que tratarlo.

Y sin darme cuenta, en un periquete, estaba yo tumbadita en la habitación 411 que me pareció un palacio, con una enfermera agarrándome el brazo izquierdo para ponerme la vía para los medicamentos, y con la derecha intentando firmar la autorización para que bloquearan 2,000 dólares de mi cuenta para cubrir gastos.
   - ¡Y esto por qué?
   - Pues si usted decide irse sin pagar
Esta vez fui obediente, ¡que conste!
   - Ah... y entré en una profunda somnolencia. No sin antes poner a buen recaudo mi monedero que se pasó el día y la noche entre el colchón y mis riñones. Y es que ya hace mucho tiempo aprendí que en los hospitales también se roba.

NOCHE DE HOSPITAL EN PUERTO PLATA
El día y la noche transcurrió fácil. Medicamento por aquí, emplastos de manzanilla por allá... la habitación fresquita, yo mirando la televisión con los ojos abiertos como platos y las gafas de sol (que las de ver las dejé en mi apartamento porque nunca pensé que acabaría ingresada). Hacía dos meses que no disfrutaba yo tanto de esa caja boba... Vamos, que tuve mi todo incluido en Puerto Plata. Habitación amplia y con vistas, aire acondicionado, ni un mosquito a la vista, Internet, televisión, revistas.... Y yo pensando en la cancioncilla de Juan Luis Guerra y en todas esas personas esperando que las atendieran. Y sí, para que no admitirlo, el dinero marca la diferencia entre que te traten a cuerpo de rey o que te mantengan a la espera eternamente. Yo, de nuevo, a pesar de la crisis, del desempleo, de las distancias y de otras muchas cosas, me sentí una privilegiada y decidí que dejaría que me cuidaran.

Dieta anti-alergias
La alergia empezó a ceder gracias a toda la artillería que hicieron recorrer por mis venas y mi piel. A la mañana siguiente, no antes de que estuviera lista la factura, me dieron el alta, asi como la medicación a seguir y la dieta que debería reducir a melón, papaya (fruta bomba o lechoza según el país), plátano y pollo hervido. Me metieron en un taxi, me llevaron a las oficinas a pagar la factura. Una facturita muy bien detalladita en la que figuran hasta las bolitas de algodón que utilizan para aplicarte el alcohol, y las bolsitas de manzanilla utilizadas en el emplasto.

El taxista se ofreció a llevarme hasta el campamento por un precio desorbitado. Tras una charla el precio desorbitado se rebajó a otro precio desorbitado. Yo le dije, "mire usted que yo no soy una turista accidental, que yo me sé los precios y viajo en ruta pública". El se puso un poco blanco pero, como sabía que hacía calor, que el sol no me puede rozar la alergia, y que tengo pensado pasarle el gasto al seguro, no cedió ni un poco más pero dijo que, a cambio, me llevaba al supermercado y me metía la compra en casa.

Mi nueva dieta
Y yo, que seguía ecuchando la voz de mi madre, y a pesar de que sabía que el buen señor me estaba timando bastante, me dejé querer. Y el taxista, que resultó tambien ser chef, me eligió la papaya y el melón y los plátanos que eran los mejores para mi dieta tropical anti alergias. Y me contaba no se qué cosas más... Y yo pensando en los gatos persas canadienses que llevaban un día encerrados, y en que tenía que contactar con el seguro para que me devuelvan lo que me corresponde lo antes posible. Para rematar la compra, el buen samaritano, en cuanto vió que metía una botellita de champú en el carrito  se ofreció muy amablemente a llevarme a un salón de belleza de una amiga suya que me iba a dejar estupenda y así no tendría que tocar el jabón. Porque tengo prohibido todo contacto con sustancias que lleven químicos hasta que esto se pase... Vamos, que no se les escapa una. Y mientras yo le hablaba de mi mala suerte y el me reprendía, asegurándome que eso era un designio de Dios y no debía utilizar esas palabras, llegamos a casa y le pagué sus servicios de "personal shopper".

Aún así, no le culpo por intentar sacarme el máximo. Es nuestra responsabilidad la de no dejarnos engatusar y la de ellos intentar sobrevivir. Los negocios son los negocios. Porque en este país la gasolina y la comida son tan caras como en España pero, a diferencia de los indignados españoles mil euristas, una enfermera nocturna cobra 200 euros al mes y hace dos jornadas diarias para llevarse los 400 a casa. No, que no se me malentienda, no considero que España vaya bien, sino que hay otros lugares en el mundo donde, lamentablemente, las cosas andan peor y donde, no obstante, hay más humanidad y alegría.

SER O TENER
Porque en esta vida lo que cuenta no es lo que tienes, sino lo que eres, lo que sientes. En la parte del mundo de la que vengo aprendimos a que, por el mero hecho de estar vivos, tenemos derecho a todo. Y enfurecemos si las cosas se tuercen, aunque no querramos hacer nada ni ceder a nada, ni salir de nuestro nicho de confort, para que la situación cambie. Tan solo nos encabronamos y seguimos con nuestra desidia. Mucho blah, blah,  poca acción y mucha mala leche. Y mientras el cuerpo se va ablandando por la inercia de los años, el corazón se va acorazando para resguaradarnos de nuestros semejantes que, día a día, se convierten en nuestros rivales en la carrera del consumismo y del tener.

Pero en otras partes de este planeta, hay habitantes que no conocen derechos. Para ellos la vida consiste en luchar y tirar pa´lante, conquistando el presente poquito a poco, con una gran sonrisa y mucho tesón. Aguantando las tormentas y soportando unas condiciones de vida que les endurecen por fuera pero que mantienen su corazón abierto a sus semejantes. Porque hay comunidades en las que si uno falla, fallan todos. Y aunque la vida se ponga dura y el plato se vacíe, siempre habrá para compartir. Porque donde comen diez, comen doce, aunque todos se queden con un poquito de hambre.

Por eso somos pequeñas naturalezas, como un día bien me hizo entender mi amigo Abdoulaye Kama que ya se fué. Porque en nuestro egocentrismo nos hemos autoproclamdo en la cúspide de un sistema que debe proveernos, porque nos hemos creido que debemos conseguirlo todo con el menor esfuerzo posible y porque a pesar de la indignación, el encabronamiento y el mal humor que nos va dejando surcos en la expresión, la mayoría no está dispuesta a esforzarse ni a renunciar a nada por conquistar una vida posible.

Y ahora me despido que debo dedicarle un tiempo a mi dieta tropical y ver si los perros no se comieron a los gatos persas de la canadiense. ¡Hasta pronto!. Os dejo con la cancioncilla de Juan Luis Guerra.


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