16/6/12

El Río Damajagua, Los 27 Charcos y Las Cangrejeras

Hola hermana, hola a todos. Por si os pasáis por aquí deciros que uno de estos días, muy probablemente el domingo, os contaré el relato completo, completito, de la aventura de este viernes de cuestas, cascadas, saltos, deslizamientos y todo tipo de acrobacias en el Río Damajagua. Solo decir que, dado el nombre, yo pensaba que iba a tener un paseo panorámico y suavecito por 27 charcos. ¿Charcos' ¡Y un carajo!.

Vamos a ello que ya es lunes y llevo retrasillo....

Cangrejeras de mis amores...
Las cangrejeras, ese invento híbrido y todoterreno entre chancleta y zapatilla de deporte, es la mejor amiga de las mujeres y, si nos ponemos, de los hombres también. Ni mascotas ni nada. Donde estén unas buenas cangrejeras a mí que me quiten lo bailao. La mejor inversión que pude hacer cuando trasmuté de una probable vida fashion y tranquilita en el Viejo San Juan de Puerto Rico a una inesperada aventura vital en el poblado Muñoz, cerca de Puerto Plata, en República Dominicana.
     El viernes 15 de junio decidí unirme a un paseito por los 27 Charcos. Me aconsejaron que viera la página web antes de ir para tener más información y así decidirme. Yo, entre el cansancio de los motoconchos y las guaguitas y el deseo de contarlo todo en el blog,  caí rendida en la cama sin mirar nada de nada. Y por eso, a eso de las 9 de la mañana, me fui para los 27 Charcos. ¡Qué bonito!, pensé, debe ser este paseillo entre la naturaleza, los árboles frutales, las palmeras, los cocoteros, las cascadas... Va a ser un día de relax estupendo entre tanta frondosidad domincana. Y con estos pensamientos, entramos a un camino sin asfaltar que nos llevaba al río Damajagua, punto en el que empezaba nuestra excursión.
      Y dicho y hecho. Llegamos a la entrada del Damajagua y todo lo que empiezo a ver son turistas y locales con un casco colgado del brazo y un chaleco salvavidas apretao al pecho. Y yo, que no sabía donde me había metido, empiezo a pensar que qué atuendo más extraño para pasear por el campo y ver unos charquitos. En la entrada nos dieron tres opciones
   -  "¿Quieren brincar los 7 charcos, los 12 o los 27?".
   - Hombre, pues ya que estamos aquí iremos a ver los 27. ¿Hay mucha diferencia?
   - Pues si no hace los 27 el guía les tiene que jalar pa´rriba con una cuerda y desde allí bajan...
   -  ¿Ein? ¿Qué me jalen pa´rriba con una cuerda para luego tirarme? ¿Pero que es esto?. ¿Y si hacemos los 27?
   -  Pues tienen que caminar un poco más, alrededor de una hora, pero es más fácil brincar.
   -  Pues vengan esos 27 charquitos. Aquí tienen los 500 pesos de la entrada (10 euros, en minúscula que está achuchao el pobre)

     Y tras nuestra meditada decisión emprendimos camino los cuatro mosqueteros; Buko (el guía), Daniel (el colombiano), Samuel (el hijo de la dueña del campamento donde me hospedo) y yo. Lo primero a a travesar era un puente volante muy apañao y divertido donde uno parece que se ha pasado la noche anterior tomando copas. Y voy y pienso; "Uy, esto es pan comido, todo está muy arregladito y preparado para el turista". Pero sigo meditando para qué diablos tengo que llevar yo un chaleco salvavidas y un casquito azul para caminar.
     Muy bonito el camino, sus insectos, los caballitos, los árboles... Todo muy bonito, bueno y barato. De repente, el caminillo como que toma pendiente. Vamos, Isa, que en peores has estado. Y ahí iba yo, haciendo la respiración que le digo a mi madre que haga para tomar energía. Inhala por la nariz, suelta por la boca y así la tienes callada y reservas energía. Y la pendiente como que no se termina, y que miro para arriba y como que hay más. Paro, agarro aire, le digo a Buko, el guía, que quite el turbo...
   - Señora, es que hay un grupo muy grande alante nosotros. Tenemos que alcanzarles para que no nos estropeen los brincos
   -  ¿En serio? ¿Tenemos enemigos a las 12?. Pues vamos a por ellos que son pocos y cobardes
Aprieto el paso, empiezo a subir la lomaza, que no lomita, con la punta de los pies. Uno, dos, uno, dos, inspiro, expiro, inspiro, expiro....
     Como cada verano, se me viene a la cabeza que siempre digo que en las siguientes vacaciones estaré en forma. Una vez más no ha sido así y empiezo a rememorar los momentazos del Volcán Pacaya en Guatemala, la Capadocia en Turquía, las dunas en Senegal y la cuevita de Viñales en Cuba. No aprendo, no aprendo... y así, inmersa en mis pensamientos, dejamos al enemigo atrás. Hemos conseguido ganarles los diez minutos con los que salieron de diferencia y algo más. ¡Misión cumplida!. Que este Buko Turbo y los muchachotes no piensen que a esta cuarentañera le pesa más el culete  que el tesón.

   -  Oye Buko Turbo, ¿y cuanto queda para llegar?
   -  Ya queda poco, otra subidita más y allí estamos.
   -  Ok, digo con lo que me queda de resuello. Y cierro la boca para no gastar más energía.

     Y allí estaba, con la cara igualita a la de un pez globo pero con el color de la cresta de los gallos dominicanos. Una cresta roja y lustrosa que me ha llamado mucho la atención por estas tierras. Pues justo cuando creía que las mejillas ya no podían dar más de si.... llegamos.

   -  Pues aquí empiezan los brincos, dice Buko Turbo.
   -  Pues mira tú que bonito. Démosnos prisa que se escucha al enemigo venir. ¿Y por donde seguimos si aquí solo hay rocas y un río?
   -  Brincando y caminando.
   -  Ahhhhhhhhhhhhhh...

     Y bajamos despacito por la primera pendiente. Un agua muy clarita, muy fresquita, que se agradece tras la caminata. Transparente, transaparente. "¡Qué bien estas cangrejeras que me he agenciaó. Voy a apretármelas un poquito más para que no se me escurran los pinreles". Caminamos un poquito más y llegamos a una cascada.


 -  Oiga usted, pero es que la cascada no se ve porque estamos encima.
  -  Claro, es que hay que brincarla para verla desde abajo: En eso consisten los 27 charcos
  -  Me lo repita usted. ¿Y a esto llaman ustedes charco? Me cagüen tó, pero si esto es tres veces mi altura. Pero esta será la más difícil, ¿no?
     Y ahí es cuando el guía mira a Samuel, que ya ha hecho los 27 charcos tres veces, con esa mirada que lo dice todo. Y van y me contestan que no me preocupe que al final del trayecto todo el mundo sale muy contento. Estaba claro, esta no era la primera cascada ni la más difícil. Lo peor estaba por venir. Me puse en el bordillo, estudié mis posibilidades, cogí aire y al grito de guerra de "tu santa madre", me tiré al vacío. El grito no fue ese precisamente, pero algo muy parecido. Y allí, inmersa en el agua, recordé que hubo una época de mi vida en la que quise hacer descenso de cañones. Además ya sabía para por qué era necesario el casco y el chaleco. Todo llega en la vida.
     Luego vinieron otras, dicen que 25, pero yo ni las conté. Mi concentración solo estaba en disfrutar del paisaje, en no torcerme los tobillos para evitar resbalones, y en seguir paso a paso las indicaciones del guía Buko Turbo. Que si esta se baja tumbada con los brazos cruzados sobre el pecho, que si esta es sentada, que si esta bajando escaleras con el culete, que si esta se salta con las rodillas dobladas pero hay que caer justo ahí... Nunca he sido tan obediente en mi vida; Buko consiguió ese milagro.
     Aquí os dejo algunas fotillos de nuestro grupo. La cámara también tuvo su aventura volando por los aires metida en una bolsa estanca. Las dos sobrevivimos y tuvimos un día estupendo que acabó en un restaurante degustando un riquísimo besugo a la parrilla con maduros que me supieron a gloria. No sé si fue o no una locura, cientos de personas lo han hecho antes que yo y lo seguirán haciendo después. Apuesto a que en estos momentos hay un turistilla brincando un charco dominicano. Yo sonrío y admito que esa adrenalina me encantó, que nunca hubiera imaginado que, pasando mis cuarenta años, me vería pegando brincos por las cascadas del río Damajagua, quitándome las ganas de algo que soñé cuando tenía 19.
     Y casualidad o no, hoy me encontré esta frase en Internet. Creo, es perfecta para la aventura de los 27 Charcos. ¡Ah, si decidís venir no os olvideis las cangrejareas!

Deslizándome de un charco a otro

"Nos pasamos la vida esperando que pase algo y lo único que pasa es la vida...
Jamás entendemos el valor de los momentos, hasta que se convierten en recuerdos. 
Por eso haz lo que quieras hacer, 
antes de que se convierta en lo que "te gustaría" haber hecho. 
No hagas de tu vida un borrador... 
Porque posiblemente no tengas tiempo de pasarlo a limpio".
Que te gusta el mar... pues toma río. Que te gusta la arena blanquita, pues toma pedernal... Y al final todo para enseñarnos que a veces nuestras propias etiquetas hacen el mundo más pequeño y que se puede disfrutar donde menos lo esperamos.
Si hay que saltar, pues se salta, por mi que no quede. 
Este salto tiene truco. No es tan alto como parece. Podría haber bajado a culete. El problema fue que sentí que los pies me ardían. Los tenía llenos de hormigas rojas tortuadoras que empezaban a subir por los tobillos. El guía me garantizó que si brincaba se iban todas de una. Y eso hice. Ni lo pensé. ¡Al agua con ellas!. Y de paso, para qué negarlo, disfruté del vuelo.






Momento relax...





¿Veis como no estoy loquita? Esta la bajé con el trasero. No me atreví a saltar. Samuel sí.


















¡Boooya vaaaa! Ay... dame un empujoncito que no resbalo....
 ¿El truco? Cerrar los ojitos y disfrutar del camino.
Los tres mosqueteros. Todos volvimos al puente colgante a "caminar borrachitos.
Papis, os quiero mucho y estoy muy bien. 
A partir de ahora ya todo será tranquilito.

Para mi hermana y toda mi familia, a la que siempre extraño y llevo en mi corazón. 
Os quiero buuuuuuucho



2 comentarios:

  1. jajjajjja. Yo quiero, yo quieroooooo,,,me voy pa los 27 charcos, Afriiiii hay que hacer las maletas,,,,en agosto pa los 27...Isa a seguir disfrutando que la vida es cortiquiticaaaa...besosss

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  2. Creo que a mí tendrían que haberme rescatado con un helicóptero.... VALIENTE!!! Desde luego, ha debido ser una experiencia incríble ; )
    Besos.

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