12/11/12

Mirando al Atlántico

Atlántico, Corregidor cacique, Panamá
No hace ni una semana que regresé de Miami y ya me embarco en otro viaje: este inesperado. Un mail de una ex compañera de trabajo de Panamá me invita al Atlántico. No tengo muchos más datos pero me apunto sin pensarlo. Dejar atrás esta ciudad... El viernes despido a una gran mujer, mi amiga nigeriana Ier que regresa a Ginebra a retormar su rutina. Han sido pocas semanas las que he compartido con ella pero sus ganas de vivir, su perspectiva sobre los acontecimientos y el presente, calaron inmediatamente en mí. Y es que la gente feliz me genera felicidad de forma casi instantánea, aunque a veces mi optimismo no alcance al suyo ni a los tobillos.

Deseos, anhelos, para el Cristo Negro de Portobello
Ana María, otra nueva amiga de Panamá, me hace partícipe de una excursión que planea con una buena amiga suya a una casita situada en el Atlántico. Nos embarcamos las tres en el coche, me hacen una paradita en Portobello, un enclave colonial de los tiempos de Colón. Este año ha sido el año de Colón, pareciera que me he pasado meses pisándole los talones. Dos horas después de camino, incluidas pistas llenas de lodo por la lluvia y una pendiente imposible, nos topamos, casi literalmente, con el mar. Dos edificaciones lo observan desde la colina. Ambas casitas, la principal y la de invitados, hacen justo juicio a su dueña; una ecuatoriana con nombre de revista de modas francesa que dirige una empresa de modelos en Panamá, ha creado un pequeño paraíso, con inlfuencia asiática y meditarránea, en un remoto paraje ganado a la selva panameña.
Casita de invitados

Relax
Las casitas, levantadas con piedras, madera y botellas de vidrio que el mar deposita en su orilla, están integradas perfectamente en el entorno. Junto a la piscina que mira al mar hay un palo de agua, un árbol muy típico en el Caribe, en el que descansa un oso perezoso. Ni el parloteo nervioso de las cotorras consiguieron que aquel animalito peludo se moviera en su cómodo lecho entre las ramas. Pero no todo son bondades en el paraíso. Allí tuve la oportunidad de conocer a algunos locales para los que este idílico lugar se convirtió en una pesadilla.
Habitación de invitados. Todita para mi...

La historia es triste con un final posiblemente feliz. Su protagonista es José, un panameño de origen tremendamente humilde con una increíble capacidad para trabajar y prosperar, condición que no gusta a todos. Y es que el hombre, a veces, es un lobo para el hombre. Quizás cuente su historia oro día, pero para resumir diremos que a José las envidias le han expulsado de su vida posible, de su paraíso común donde era feliz, muy feliz, junto a su mujer y su hija, con tan solo 500 dólares, alrededor de 400 euros, al mes.

La piscina que mira al Atlántico
Harmonia con h
Ya de regreso a la ciudad de Panamá, con la historia de José en la cabeza y con las pupilas repletas de imágenes impresionantemente bellas, no dejo de pensar en lo harmoniosa (lo sé, lo sé... pero me gusta como queda con la h) y justa que es la naturaleza en todas sus manifestaciones, aunque no siempre nos favorezca. Somos necios los hombres, pienso, negándonos y alejándonos de nuestros orígenes e instintos para precipitarnos al consumismo y la competitividad sin sentido. En fin, esa es otra historia, una historia de la que intento huir a mi manera aunque no siempre soy lo suficientemente rápida o fuerte.

La lluvia incesante martillea los cristales de mi habitación. Disfruto de un té con leche calentito mientras intento componer mi cabeza para iniciar una nueva semana. Solo se me ocurren pensamientos de agradecimiento. Realmente hay desconocidos que pasan una sola vez por tu vida que tienen más impacto que aquellos que la habitan constantemente y la llenan de promesas que solo son palabras. Como cada día pienso en los que me quieren de verdad, y me siento privilegiada. Los afectos sinceros son cada vez menos frecuentes, por eso los aprecio tanto.

Gracias
Gracias a todos los que me acompañais en estas aventuras. Parece ser que estas dichosas maquinintas también tienen la capacidad de unirnos. Y como siempre, mi amor para mi familia, especialmente para esas mujeres que luchan y no saben de límites en la entrega a los demás. Gracias a mi hermana por cuidar de nuestra madre y por hacer realidad esta vida posible. Gracias a mi madre por ser tan única y fuerte, porque ella siempre me inspira. Gracias también a los hombres, que sé que también me leéis. Te quiero papá, sigo buscando moneditas...





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