29/8/14

Volver, siempre volver

Dicen que no toda distancia es ausencia ni todo silencio es olvido. Algo completamente cierto en lo que a este blog se refiere. Más que un blog esta bitácora era un cuaderno de notas para que mi familia pudiera saber de mis vagamundeos. Llevo mucho tiempo sin subir a un avión y sin atravesar fronteras geográficas, quizás eso me alejó de este espacio. Porque para mí, atendiendo a la forma en que vivía, saltar de país en país era sinónimo de aventuras, diversión , aprendizaje y crecimiento.

Lo cierto es que los dos últimos años han sido especialmente complicados. Todo un reto para la resistencia física y emocional. Una montaña rusa de sentimientos encontrados, dolor, esperanza y aceptación. El petirrojo que apareció malherido en mi balcón no hizo otra cosa que anunciar los temores que me quitaban el sueño cada noche. Hace seis meses que mi madre, mi gran inspiración, falleció. Y la extraño con locura.

¿Qué tendrá que ver un petirrojo en todo esto? pensarán algunos. Bueno, sería largo de explicar y no es el caso, pero tiene que ver con los presagios, con la magia. ¿Absurdo? Quizás, pero no puedo vivir sin ella, sin esa magia que nos devuelve la intuición ancestral perdida, que hace prevalecer los sentimientos sobre lo material y lo posible sobre lo imposible.

Cada semana me sigo encontrando con personas que conocían a mi madre. Me emociona escuchar sus palabras. Todas coinciden, aunque la mayoría no tienen relación entre ellas, en una cosa que consigue ponerme los ojos a punto de lágrimas. Me dicen que mi madre me extrañaba cuando yo viajaba y que, aunque a ella le hubiera gustado tenerme a su lado, estaba contenta por verme feliz y lo entendía. Entendía mis ausencias porque a ella le hubiera gustado poder hacer algo así.

Lo sé. De pequeñita y adolescente, cuando ella pensaba que yo estaba absorta en mis dibujos o elucubraciones, yo la escuchaba hablar en alto. Mientras hacía las tareas del hogar, entre canturreo y canturreo, a veces se le escapaban las nostalgias por los labios. Y esas nostalgias, que todos tenemos antes o después, hablaban de lugares remotos, de lo que le hubiera gustado viajar y conocer ciudades como Roma. Pero claro, aquello eran otros tiempos y muchos padres tenían que elegir entre dar lo mejor a sus hijos o hacer grandes viajes. Los míos renunciaron a su bienestar para que nosotros tuviéramos más opciones en el futuro. Por eso cuando yo era niña, al escuchar a mi madre faenar entre canturreo y canturreo,  decía para mis adentros: "Yo iré a esos sitios mamá, y te lo contaré para que tú también puedas conocerlos".

Mi madre era fuerte, valiente y tenía alma de aventurera. Al final disfrutó con mi padre y sus hijos de bastantes viajes que no esperaba. Y conoció Roma. Meses antes de fallecer, acaso presintiendo su destino antes que nosotros, me decía: "Cuando yo me muera tienes que hacer tu vida. Tienes que irte de España, viajar. Tienes que ser feliz".

Sé que ella sabe que lo estoy intentando. Que me esfuerzo por recuperar la sonrisa y comenzar una nueva vida. Sí, una nueva etapa, más sincera conmigo misma y más libre. Libre de aquellas personas que demostraron sólo saber estar para las buenas (dolió quitarse la venda de los ojos pero las bofetadas de realidad siempre son necesarias). Libre de los pensamientos negativos y de dolor que han hecho que me aferrara más a lo que ya no tengo que a lo que poseo. Libre de cadenas y de mochilas pesadas; intentando dejar atrás el pasado, excepto sus enseñanzas, e imaginando de nuevo una vida posible.

No te preocupes, mamá. Volveré a desplegar alas, seguiré recorriendo caminos y aprendiendo, y creciendo. Tan solo estoy recomponiéndome y esperando un viento que valga la pena para emprender el vuelo.

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