30/12/14

¡Adiós, 2014!

Pensé no hacerlo: el balance de este año que agoniza. Pero cambio de idea, quiero despedirlo con palabras. Como bien dijo Eduardo Galeano: ¿Para qué escribe uno si no es para juntar sus pedazos? Quiero juntar los míos antes de que comience el 2015. Ahí voy. A ver lo que sale.

El 2014 fue tremendamente jodido, precedido por un 2013 que ya apuntaba maneras. Y aún a sabiendas de que sería traumático y triste; y aún habiendo intentado fortalecerme emocionalmente para el duelo... fue devastador. El dolor que causa la pérdida de una madre echa raíces profundas; y solo la calma y el tiempo -creo- ayudan a convivir con la nueva situación. A día de hoy, no ha habido ni tiempo ni calma para conseguirlo. Le dejo al 2015 esa responsabilidad. Y a mi misma.


Luego está todo aquello que una etapa dura deja a la intemperie; las relaciones familiares, los amigos que redefinen el concepto de amistad -y no siempre para bien-, la falta de trabajo -que no de ocupación-, el presente lleno de secuelas físicas y emocionales, el futuro incierto, una vida social casi nula, los afectos aniquilados... Esa es la otra parte del duelo. Una se da cuenta de que su mundo se derrumbó, que desconoce a personas que creía conocer, y que la sociedad que la rodea es infinitamente más egoista e indiferente de lo que nunca pensó o pudo llegar a imaginar. Infinitamente más egoista e indiferente, insisto.
Y de la mano de la pena profunda -que algunos confunden con depresión-, llega la soledad más sonora en la que no queda más que replantearse la realidad y tomar conciencia de la necesidad de volver a luchar por todo. De empezar de cero y salir del pozo negro del que nadie tiene intención de rescatarte; bien porque están intentando salir del suyo propio o porque el que está fuera anda muy ocupado con su vida. Y es que el feliz, el que no ha probado el sabor del dolor que rompe, huye del triste como del demonio. Reconozcámoslo, la gente amargada no es popular. ¿Y los que ya han probado ese sabor agrio?, preguntarán. Pues esos, la gran mayoría, ya han tenido de lo suyo y no quieren lo ajeno. Vamos, que por un sitio o por otro, la solidaridad se va al carajo (seguramente yo fui insensible y egoista, incluso, a veces, sin ser consciente de que lo estaba siendo). Es lo que hay. Llegado el caso a cada cual le toca lamerse sus propias heridas.

Y en eso estamos.  Lamiendo rápido y constante para que cicatricen lo antes posible. Ya han pasado meses y parece que hay que darle un empujóncito al proceso. O se pone fecha de caducidad a la amargura o ésta se queda de inquilino permanente. El recuerdo siempre estará ahí, en un lugar mimado del corazón, pero hay que tirar pa´lante. Si estamos aqui, si estamos vivos, tenemos que proponernos hacer lo mejor con nuestros días. Yo ya estoy preparando mi particular orgía vital. Voy a sacudirme los miedos, a abrir horizontes -que el dolor empequeñece el campo visual y anula la perspectiva-, y a hacer todas esas cosas que no quiero seguir dejando pendientes. Voy, una vez más, a atreverme a luchar por mi vida posible. Eso sí, esta vez con el equipaje más ligerito; solo con el recuerdo o la presencia de los que decidieron estar también en las malas. Todos nos hemos puesto en nuestro lugar; los indiferentes, los ausentes, los corazones oscuros, los egoistas, los cobardes. Y también esas almas buenas con las que una disfruta de lo lindo, aún medien kilómetros y silencios, porque una sola palabra suya basta para despertar nuestra esencia.

Lo confieso. He aprendido mucho de los "si quieres.." que nunca se materializaron ni en ayuda ni en apoyo moral. Esos "si quieres...", -casi siempre acompañados de estudiadas caras de pena y cargados de victimismo-,  constituían más una descarga emocional y de responsabilidad del emisor que una verdadera muestra de intenciones. Nada, no había nada detrás. También he aprendido mucho de los "dime que quieres que haga...", escasos de intención de hacer algo que cayera fuera del ámbito de la comodidad. Los "si me lo hubieras dicho te habría ayudado" tampoco faltaron. Lo cierto es que varies personas, a las que les sugerí en qué podían ayudar, sufrieron, una tras otra, un extraño episodio de sordera o amnesia aguda. Sin duda, la respuesta que más dolió fue ese sincero y directo "No me apetece" que, admito, todavía no he superado.

No quiero dejar pasar los "Es que no puedo, es superior a mi. No puedo, de verdad que no puedo. Lo paso tan mal que no sirvo para ayudar". Esos sí que rozaban la genialidad teatral. Claro, gente, no os preocupéis. Quedad tranquilos y en paz de espíritu. Los que sufren están eximidos de ayudar al que se está muriendo; los "no puedo" son la excusa perfecta para quedarse al margen y no sacar fuerzas de donde sea.  Total, ya lo haràn otros. Lo triste es que  ella, mi madre, hubiera dado la vida  por cualquiera de los emisores de esos "no puedo". Anotar que, además de mi madre, también era vuestra madre, vuestra hermana, vuestra prima, vuestra tía y vuestra amiga. Está claro: los tristes no son nada populares, los que se están muriendo tampoco.

Os voy a contar un secretito. Ella lo sabía, lo sentía. En lo más profundo de su alma, mi madre sabía con quien podía y no podía contar; pero era buena y bondadosa, y no quería enfrentarse o hacer sufrir a nadie, así que agradecía con mucha dignidad el amor que los demas le daban. Fuera poco o mucho, intentaba aceptar y comprender. Nunca exigió nada. Siempre lo entregó todo. Supo descifrar los afectos y los abrazos fingidos, al igual que los grandilocuentes discursos en público que luego, llegado el momento, volvían a quedarse en "no puedo". No lo dudéis, ella fue consciente en todo momento.  Por eso, quizás, todos esos "si quieres...", "no puedo" y "no me apetece" los llevo clavados en el alma. Pero conseguiré superarlos, al igual que a sus emisores. Pandilla de cobardes y egoistas que invertís más tiempo en las cosas que en las personas, y que catalogáis a los demás en función de las marcas que exhiben sus ropas y coches; la estupidez y el materialismo son vuestra bandera. No os preocupéis, el tiempo quitará la pátina a vuestro espejo y un día, indefectiblemente, os encontrareis con vosotros mismos.

No, a mi madre no se la llevó el cáncer. Ni nos ha dejado, ni se fue. Mi madre se murió. Igual que nosotros también moriremos. Por lo general, aquellos que no quisieron o "pudieron" estar y colaborar con su ayuda, son los que más cara de pena ponen al hablar de ella. Es más, intentan evitar hacerlo, como si no hubiera existido; como si no hubiera pasado lo que pasó. Al hacerlo, tiene razón Julian Barnes en su libro Niveles de vida, la aniquilan a ella, su recuerdo, su existencia. ¿Acaso es más real el recuerdo de un vivo que el de una persona muerta? Los dos, no obstante, son recuerdos. ¿Por qué debo evitar hablar de ella si al hacerlo me siento más yo?

¿Acaso tampoco debería estar escribiendo esto? ¡Qué feo!, pensarán muchos. Airear públicamente los dolores... ¿Y a mi que me importa? Mi madre murió y ella quería vivir. De las personas que conozco, era la que abrazaba la vida y a las personas con más pasión y alegría, y precisamente fue ella la primera que se murió. Justo o injusto es lo que hay, y me niego a anular su huella en mi vida. Ella entendía mi esencia y no la negaré intentando cambiar de tema cada vez que desee traerla al presente. Luchó con todas sus fuerzas hasta el último momento, esas fuerzas y tiempo que familiares y amigos parecieron no encontrar. Y por eso, cuando quedan menos de dos meses para el primer aniversario de su muerte, y a punto de cerrar el año, hago balance del 2014.

Triste y duro. Pero no quiero olvidarlo, sino recordarlo para siempre. El 2014 me regaló los últimos días con mi madre y su sonrisa -cuando parece imposible que alguien pueda sonreir, ella lo hacía-; también el apoyo incondicional de mi hermana -que es inmensamente fuerte y bondadosa-. A este año también le debo las dosis de realismo más grande que la vida me ha regalado. Estoy segura de que si sigo lamiendo rápido y sin pausa las heridas, pronto podré aplicar a mi vida las lecciones aprendidas.

Eduardo Galeano tiene toda la razón, a veces escribimos para juntar nuestros pedazos. Yo lo hago. Quiero dar gracias a las personas que nos apoyaron, ayudaron y mostraron su cariño; a los desconocidos que, cómo ángeles, hicieron brillar un poquito de luz entre tanto dolor. Estoy profundamente conmovida por esas almas que acompañaron a la nuestra, agradecida a aquellos profesionales que hicieron bien su trabajo sin que nadie se lo pidiera y que, con su actitud y profesionalidad, aportaron su granito de arena a que todo fluyera un poquito mejor. Aunque me parezca increíble, también tengo agradecimiento para los que no quisieron estar, para los que nos abandonaron, para los que no nos protegieron y para los que primaron su comodidad y beneficio sobre la ayuda a mi madre. Con certeza siento que no quiero parecerme a ellos; tampoco quiero tenerlos cerca. Gracias por quitaros la máscara y demostrar el tipo de gente que sois.

Para terminar, gracias a mi madre: por su lucha, por su luz, y su amor y entrega incondicional. Yo soy porque tú eres. A pesar de todo, gracias 2014 por enseñarme quien es y quien no es. Lección aprendida. Ahora te despido que me quedan pocas horas para lamer las heridas. El 2015 va a ser una orgía de vida; La Vida Posible.






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